lunes, 12 de junio de 2017

Memorias de una antigua amistad

Es difícil hablar de amistad cuando no la hay. Sueno un poco raro, pero mis amistades se han perdido en el tiempo, entre miserias y desastres, algunos enemigos y otros que vieron hacia otro lado cuando más los necesitaba.

Ya no tengo casi amigos, o bueno quizás los poco que tengo no me consideren como tal, pero hoy vengo a contar la historia de una amistad perdida, una amiga que la vida la hizo miseria en su estado más puro y que me tenía atado a ella por simple dolor. Ésta historia es para ti querida señorita y aunque no lo creas aún la vida no es lo suficiente amable para enseñarte lo que jamás quisiste ver por tus propios ojos.

La vida dio un giro cuando en plena guerra nos estaban atacando, no eran seres comunes, no eran ni monstruos ni humanos, éramos nosotros, nuestros cuerpos enfrentándose a sus verdaderos amos. El origen de esta guerra empieza con un pobre científico que aprendió como hacernos eternos, nos clonó a cada ser humano más de una vez –algunos sin consentimiento- y lo único para que los nuevos cuerpos se movieran y empezaran a andar era el alma del antiguo portador, que desgracia que ese científico loco no notó que al clonar un cuerpo, incluso clona lo que sólo en la biblia existía hace 10
años, el alma.

La guerra había empezado, y fue liderada por los clos (abreviación que le dio el gobierno a los clones) más poderosos, los cuerpos de grandes mentes, pidiendo justicia y venganza, negándose a ser portadores de alguien más, aunque irónicamente fueran ellos mismos. Quizás me quedo un poco corto de detalles, pero prometo volverlo a retomar algún día. 

Esa amistad la conseguí en un campo de batalla desierto, entre trincheras y disparos, fusiles y armas cortas, armas blancas y una que otra granada. Esa señorita de dolor en los ojos y un alma de fuego que se negaba a pensar que todo en este mundo se debía resolver con paz, necesitábamos más violencia. Yo por su contrario era un pacifista sin escrúpulos que solo le pusieron un casco y lo mandaron a matar a los cuerpos de sus padres. La única diferencia entre un clos y un humano verdadero es el color de piel, un tono gris casi opaco con un cabello tan blanco que recuerda a cierta reina montada encima de sus tres dragones.

La chica se enfrentaba a sí misma, tanto metafórica como literalmente, esa señorita de ojos verdes color gema se encontraba con sus demonios a cada pisada que daba, se recordaba el dolor que pasó alguna vez por alguien más, jamás le perdoné a quién la hirió, pero esa para ella era otra ambición de seguir.

No me quedo corto si admito que era fastidiosa y que a veces prefería que tuviera una bala en el cráneo a seguir escuchándola protestar, pero nada se puede hacer si es la única persona en la que puedes confiar.

Un 13 de junio llego un aviso por radio y nos dijo que los clos se acercaban cada vez más a las costas del Caribe, el lugar donde estaba mi pelotón.

Como siempre todos decidimos primero conversar y tratar de llegar a una vía pacifica para poder lograr algo de esperanza, a pesar que los clos eran sangrientos tenían una genialidad y un conocimiento de la paz envidiable.

Como todo buen soldado soy prescindible así que junto al General Mawson, el Dr. Rogers y la señorita, nos unimos a la búsqueda de la paz. Llegamos al punto de encuentro designado por los clos y los humanos como “Zona pacífica”, es decir la isla de Belice.

Fuimos recibidos como no lo esperamos, con sorpresas y ante todo con respeto, nos vimos en la cara de esos líderes, de esos niños que nos temían, de esas madres que no sabían que hacer al vernos, nos querían atacar pero tenían órdenes de dejarnos en paz.

Fueron duras noches de negociación para dejar el Caribe libre y solo usar como campo de guerra a Estados Unidos –donde se inició la tragedia- y a cierta parte de Europa del Este. Los clos muy buenos hablantes de varias lenguas tenían la charla en inglés, pero era traducida simultáneamente en Mandarín, Alemán, Italiano, Francés, Español y Japonés. 

Tres días nos tomó llegar a un acuerdo de no atacar por debajo del Canal de Panamá, pero eso no era suficiente, teníamos todos los suministros y las empresas de manufactura hacia el centro del Caribe, específicamente Puerto Rico y República Dominicana. Más abajo hacia el sur de América teníamos la fuente de suministros, alimentos y agua, al igual que ciertos ases bajo la manga, como eran la creación de bombas nucleares con un radio tres veces mayor a la bomba que cayó en Hiroshima.

Las negociaciones siguieron, pero como el plazo era de una semana si no se lograba concretar nada entonces estábamos perdiendo el tiempo. Quedaba solo un día y llegó la líder de los clos, un cuerpo igual al de ella, igual a mi amiga.

-Así que por eso ella se ofreció voluntaria -pero para el momento en que me di cuenta ya era muy tarde.

Eran las 2 de la  mañana cuando una alerta sonó y al segundo habían anunciado la muerte de la líder de los clos. No duramos mucho cuando los clos llegaron a buscarnos y gracias a la fuerza –aunque con cierto raciocinio- nos llevaron a la plaza principal.

-¿Por qué? ¿Qué les hizo ella? –gritaba un clo mientras yo giraba mi cabeza buscándola a ella, por desgracia no estaba.

-Nosotros no hicimos nada señor, fue la soldado, la mujer que vino con nosotros, mira a tu alrededor no está aquí.

Como presas nos amarraron las manos y nos pusieron grilletes en los pies andando hasta llegar a lo que era hace unas escasas horas la casa de la líder.

La vimos ahí, la muy baja mujer con el cuchillo en mano lamiendo la sangre negra que caía del mismo después de haberle cortado el cuello a la líder.

-¿No podías ni siquiera escapar y dejar el cuerpo aquí? –le gritaba, pero haciendo caso omiso a cada palabra que decía miró al cadáver y sólo se quedó riendo.

-No lo entiendes, ella es la culpable de todo, yo soy la culpable, debía hacer algo.

-Esa no eres tu, la mujer que sacrificaba su vida por salvar a alguien más no es esa que está aquí –mi voz se rompía poco a poco y se volvía cada vez más en llanto.

-Creo que nunca me entendiste, yo quiero el bien, pero el bien no es correcto si creen que la paz es la mejor jugada, ya podrían estar muertos, podríamos ser los reyes del mundo nuevamente. Jamás te convencí, jamás pensaste que mis palabras eran verdaderas.

-No te podría creer cuando tú no me escuchabas, no pensabas en todos, no querías nada diferente a lo que está en tu mente. Ahora mírate, sola, sufriendo, ¿esto es lo que querías? Es verdad jamás te entendí, pero tu sólo buscabas venganza, venganza hacía ti misma, venganza hacia tu cuerpo, pero no eres lo suficientemente fuerte para pegarte un tiro en la cabeza y terminarlo todo, ¡TODO ES TU CULPA!

-¿Ahora qué? –Dijo un clo detrás de nosotros- ¿Quién la ejecutará?

-Yo quiero el placer –lo dijo ella.

-No serías capaz –dije.

-Eso dices tú. Que lastima que no podemos estar ni un día sin pelear.

A las 12 del mediodía en la plaza principal, esa chica agarró el revólver diciendo que todos eran unos débiles. Tenía el arma al lado de su cráneo, me miró a los ojos y me gritó:

-Quisiera darte el abrazo que te prometí dar, pero creo que no lo mereces.

-Adiós fea –le dije entre lagrimas.

-Adiós.

El disparo retumbó en todo Belice y no queda más que decir que fue la última bala que sonó en esa isla y el resto de América, ella no sabía que el acuerdo para la paz en América Latina había sido firmado, este trato incluía una clausula de seguir la guerra en el oriente –Asia- y dejar a América y Europa libres, América para los humanos y Europa para los Clos. Como seres de palabras que son, los clos nos dejaron en paz y la guerra siguió para otro lugar.

Lástima que esa chica terca como nadie, terminó como jamás lo hubiera soñado, en su propia miseria y lastima por jamás haber escuchado y  jamás haber dejado opinar. Hoy le vengo a rendir tributo. Sólo me falta por decir: Te quiero enana, te ganaste un pedazo de mi corazón, pero tu forma de ser nos alejó y nos hizo sacar lo peor de algunos, siempre vivirás en mi mente y espero algún día encontrarnos antes de la muerte misma.

La guerra nunca es una opción, la vida y la esperanza van de la mano con la consciencia, piensen antes de actuar y siempre busquen la paz.

En dedicatoria a alguien que jamás pensé perder, que lastima que terminamos así y que seguro en estas palabras te encontrarás. Se te quiere y siempre estaré ahí aunque no de la misma forma que antes.


Atentamente: Nau.