Desde
niño siempre oí puras atrocidades, algunas tan divertidas que parecían un
juego, pero a que la final se volvieron parte de las charlas diarias de mi
familia. Charlas tan intensas y tan fáciles de relatar que parecen un cuento de
Edgar Allan Poe, pero que a la misma vez son tan locas que me recuerdan al
cuervo que siempre pensé que tocaba mi ventana.
Estos
cuentos iban creciendo día a día, y mis padres no me querían hacer testigo de
ellos, me decían que la ignorancia era el mejor placer si quieres seguir vivo,
eso es muy raro viniendo de un par de filósofos que me tenían entre la pared y
la espada si no hacía mis deberes y tareas. Pero bueno como seguía contando,
los cuentos tocaban mi alma con gran gratitud ya que eran la única vez que mi
atroz padre se acercaba y hablaba con mi madre, lo sé, cuentos estúpidos de un
niño.
Todo
esto es sólo un pequeño preámbulo de lo que realmente pasaría el día que entré
a primaria, en la escuela más remota de mi tierra (no quisiera dar nombre
porque no sería un lugar bonito de visitar), tan destruida por la naturaleza
que si algún dirigente político la hubiera visto y si hubiera estado de buenas
la hubiera mandado a clausurar.
Ese
día inició con una lluvia intensa que nos hizo aparcar el carro debajo de de
las grandes nubes negras como la oscuridad, mientras esperábamos que acampara
para que los cauchos en desuso de mi padre no resbalaran. Ese pequeño tramo de
mi vida fue hermoso, pudo ver por fin a la virtud que tiene la naturaleza
cuando la sientes por ti mismo, aunque sea detrás de un espejo.
Mi
padre en esos 30 minutos apagó el motor y me empezó a contar como sería mi
nuevo convento educativo, no fue mucha la atención que le presté y tampoco
mucha las ganas que él tenía de contar, pero fue una frase la que hizo erizar los
pelos de mi piel.
–Al
momento que te toque enfrentar la realidad siempre ten en cuenta que la verdad
no es absoluta y que incluso la vida no es más que un huevo podrido, si tienes
que hacer algo para salvar ese huevo, hazlo y no sientas remordimiento.
Ese
discurso no era raro de mi padre, era un ser desvirtuado y muy triste, pero que
a la vez encontraba regocijo en sus libros y en sus diccionarios. Quizás sólo
con los años entendí la metáfora de mi padre, el hablaba de perder la vida,
pero esto no solo queda así ya que continuó con su discurso poco poético.
–Hijo, quizás nunca te lo hayamos dicho, pero
la vida no es como te lo contamos, quizás deberías saber que muchos en la
escuela te mirarán mal, algunos se burlaran y muchos te tendrán miedo, pero no
te debes preocupar, sólo tapate los oídos e imagina que estás en casa.
–Pero
papá, ¿habrá personas malas?
–No
solo ellos, quizás nunca lo notaste pero la gente no nos quiere mucho por esta
zona.
Esa
aura de pánico me recorrió todo el cuello, ¿Por qué mi padre me mandaría para
allá? ¿Estaría loco? Esperaba que no.
Después
de media hora esperando que escampara, no lo hizo, y mi padre como todo buen
tonto se arriesgó a salir con unos cauchos desinflados que habían recorrido
miles de kilómetros sin ser cambiados. Gracias a Dios llegamos vivos, aunque en
algún momento el carro se echó para un lado y casi caímos en una zanja.
Cuando
estaba dispuesto a bajarme del carro mi padre se me acercó y me dijo.
–Te
espero al final del día y por favor no te quites esto –me había puesto una pulsera
con pequeños huesos y calaveras muy coloridos.
Me
baje del carro y lo saludé con una sonrisa, mientras a él le bajaba una lagrima
de la cara, cuando traté de volver al carro a preguntarle que pasaba, el
presionó el acelerador y se fue.
Extraño
comienzo, y más aun extraño es que tenga tan buena memoria para recordar eso,
pero siguiendo con la charla, entré a mi nueva aula, a pesar de que era un niño
de 9 años me habían puesto con personas que me superaban en edad. Mi maestra
gritaba y en un momento se me quedó mirando fijamente a los ojos, ojos como arpía que no se querían
apartar de mí, sentía la sensación de haber hecho algo malo, pero no fue así,
apenas era mi primer día.
–Joven,
creo que se debería retirar antes que llame al director.
–
¿Por qué? –Respondí muy molesto- No estoy haciendo nada malo.
–
¡Retírese por favor!
Mi
terquedad propia de un animal no me dejó ir, pero cuando tengo razón no me dejo
convencer por nada, tuve que ser arrastrado tanto por mi maestra como por unos
cuantos compañeros, ninguno lo podría hacer solo, apenas me podían cargar entre
5.
Llegué
a la Dirección, lleno de niños idiotas y maestros más idiotas aún que se creían
la octava maravilla de Dios por enseñar. Pero cuando yo llegué todo cambió, las
burlas callaron, los insultos se apaciguaron y eran todas las miradas en contra
de mí, ahora no era mi profesora, eran todos, quizás me veía muy mal, no sé. Me
dejaron sentado ahí, me seguían viendo, pero ahora era mucho peor, se oían susurros, susurros horribles, de lo poco
que podía oír era muy parecido a lo que mis padres contaban en la mesa del
comedor cada noche: cuentos de monstros, cuentos de demonios, cuentos de mi
familia…
Me
dejaron sentado afuera completamente sólo, pero no sentía que la soledad
estuviera ahí; una niña pelirroja pasó y se me quedó viendo, su cabello como
llama y unos ojos azules tan parecidos a los de mi madre, paró e hizo un gesto
irreconocible con la mano, bueno, irreconocible para el resto, pero para mí
significaba “ayuda”.
Me
hicieron pasar a la sala del director, una oficina desagradable color mierda y
con un olor a tabaco agobiante, apenas me senté no dudaron en hacerlo,
empezaron a preguntar.
–
¿Qué quieres de nosotros? ¿Qué haces aquí? Acaso las historias que te contaron
¿no son suficientes? No te tenemos miedo, responde ¿Qué eres?
–No
entiendo –respondí con cierto tartamudeo- déjenme en paz, yo no sé nada, yo
sólo vine a estudiar –las lagrimas empezaban a salir.
–Sabemos
quién eres maldito demonio, puedes engañar a los demás, pero nosotros no somos
ellos, nosotros siempre te hemos conocido, te matamos mil y un veces, eres una
simple mierda comparada con los otros de tu raza. ¡Habla! ¿Qué carajos quieres?
–Quizás
sea muy joven –respondió la que era mi profesora- mira sus ojos, apenas son
morados, aún no llegan a rojo, ni siquiera tocan el amarillo.
–Miles
de nosotros hemos muerto por cosas como él, algunos han muerto por cosas aún
más jóvenes –no entendía que querían decir por cosa-, necesitamos sacarle
información o sabrán que capturamos a uno. Ésta es tu última oportunidad
querido niño, tu profesora y yo queremos saber que haces aquí, si nos dices te
dejaremos ir, te lo prometo.
–Yo
vine a estudiar –quería llorar pero apenas sentí una lagrima caer sentí algo
golpear mi rostro-, ¡SÓLO QUIERO ESTUDIAR! DÉJENME –otra cachetada más- NO SÉ
QUE QUIEREN DE MÍ, ¡DEJENME!
–No
quiere cooperar, pero no me importaría arrancarle el corazón poco a poco, agárrenlo
de las muñecas y pónganlo encima de la mesa, cada uno tome una extremidad y si
lo sueltan ustedes lo acompañaran a caminar el infierno…
Me
agarraron, mis manos, mis piernas, me arrancaron la ropa, pusieron la mesa para
el fondo del salón lo más lejano posible a la puerta, me arrancaron mi pulsera,
la pulsera que mi padre me había dado esa mañana. Abrieron una de las gavetas
de la mesa, el director agarró un cuchillo, pero no uno cualquiera, éste
brillaba con un tono rojo y cada vez que se acercaba a mí se volvía más y más
azul.
–Hu
Sitie a pere hu Moi, u gro ce pore, milo desia –mi mente entendía la razón de
esas palabras, pero no sabía cómo; significaban “Por Satán y por Dios, te
condeno a morir, maldito Demonio”.
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