domingo, 7 de mayo de 2017

Demonios y "Ángeles" (Parte 1)

Desde niño siempre oí puras atrocidades, algunas tan divertidas que parecían un juego, pero a que la final se volvieron parte de las charlas diarias de mi familia. Charlas tan intensas y tan fáciles de relatar que parecen un cuento de Edgar Allan Poe, pero que a la misma vez son tan locas que me recuerdan al cuervo que siempre pensé que tocaba mi ventana.

Estos cuentos iban creciendo día a día, y mis padres no me querían hacer testigo de ellos, me decían que la ignorancia era el mejor placer si quieres seguir vivo, eso es muy raro viniendo de un par de filósofos que me tenían entre la pared y la espada si no hacía mis deberes y tareas. Pero bueno como seguía contando, los cuentos tocaban mi alma con gran gratitud ya que eran la única vez que mi atroz padre se acercaba y hablaba con mi madre, lo sé, cuentos estúpidos de un niño.

Todo esto es sólo un pequeño preámbulo de lo que realmente pasaría el día que entré a primaria, en la escuela más remota de mi tierra (no quisiera dar nombre porque no sería un lugar bonito de visitar), tan destruida por la naturaleza que si algún dirigente político la hubiera visto y si hubiera estado de buenas la hubiera mandado a clausurar.

Ese día inició con una lluvia intensa que nos hizo aparcar el carro debajo de de las grandes nubes negras como la oscuridad, mientras esperábamos que acampara para que los cauchos en desuso de mi padre no resbalaran. Ese pequeño tramo de mi vida fue hermoso, pudo ver por fin a la virtud que tiene la naturaleza cuando la sientes por ti mismo, aunque sea detrás de un espejo.

Mi padre en esos 30 minutos apagó el motor y me empezó a contar como sería mi nuevo convento educativo, no fue mucha la atención que le presté y tampoco mucha las ganas que él tenía de contar, pero fue una frase la que hizo erizar los pelos de mi piel.

–Al momento que te toque enfrentar la realidad siempre ten en cuenta que la verdad no es absoluta y que incluso la vida no es más que un huevo podrido, si tienes que hacer algo para salvar ese huevo, hazlo y no sientas remordimiento.

Ese discurso no era raro de mi padre, era un ser desvirtuado y muy triste, pero que a la vez encontraba regocijo en sus libros y en sus diccionarios. Quizás sólo con los años entendí la metáfora de mi padre, el hablaba de perder la vida, pero esto no solo queda así ya que continuó con su discurso poco poético.

 –Hijo, quizás nunca te lo hayamos dicho, pero la vida no es como te lo contamos, quizás deberías saber que muchos en la escuela te mirarán mal, algunos se burlaran y muchos te tendrán miedo, pero no te debes preocupar, sólo tapate los oídos e imagina que estás en casa.

–Pero papá, ¿habrá personas malas?

–No solo ellos, quizás nunca lo notaste pero la gente no nos quiere mucho por esta zona.
Esa aura de pánico me recorrió todo el cuello, ¿Por qué mi padre me mandaría para allá? ¿Estaría loco? Esperaba que no. 

Después de media hora esperando que escampara, no lo hizo, y mi padre como todo buen tonto se arriesgó a salir con unos cauchos desinflados que habían recorrido miles de kilómetros sin ser cambiados. Gracias a Dios llegamos vivos, aunque en algún momento el carro se echó para un lado y casi caímos en una zanja.

Cuando estaba dispuesto a bajarme del carro mi padre se me acercó y me dijo.

–Te espero al final del día y por favor no te quites esto –me había puesto una pulsera con pequeños huesos y calaveras muy coloridos.

Me baje del carro y lo saludé con una sonrisa, mientras a él le bajaba una lagrima de la cara, cuando traté de volver al carro a preguntarle que pasaba, el presionó el acelerador y se fue.

Extraño comienzo, y más aun extraño es que tenga tan buena memoria para recordar eso, pero siguiendo con la charla, entré a mi nueva aula, a pesar de que era un niño de 9 años me habían puesto con personas que me superaban en edad. Mi maestra gritaba y en un momento se me quedó mirando fijamente  a los ojos, ojos como arpía que no se querían apartar de mí, sentía la sensación de haber hecho algo malo, pero no fue así, apenas era mi primer día.

–Joven, creo que se debería retirar antes que llame al director.

– ¿Por qué? –Respondí muy molesto- No estoy haciendo nada malo.

– ¡Retírese por favor!

Mi terquedad propia de un animal no me dejó ir, pero cuando tengo razón no me dejo convencer por nada, tuve que ser arrastrado tanto por mi maestra como por unos cuantos compañeros, ninguno lo podría hacer solo, apenas me podían cargar entre 5.

Llegué a la Dirección, lleno de niños idiotas y maestros más idiotas aún que se creían la octava maravilla de Dios por enseñar. Pero cuando yo llegué todo cambió, las burlas callaron, los insultos se apaciguaron y eran todas las miradas en contra de mí, ahora no era mi profesora, eran todos, quizás me veía muy mal, no sé. Me dejaron sentado ahí, me seguían viendo, pero ahora era mucho peor, se  oían susurros, susurros horribles, de lo poco que podía oír era muy parecido a lo que mis padres contaban en la mesa del comedor cada noche: cuentos de monstros, cuentos de demonios, cuentos de mi familia…

Me dejaron sentado afuera completamente sólo, pero no sentía que la soledad estuviera ahí; una niña pelirroja pasó y se me quedó viendo, su cabello como llama y unos ojos azules tan parecidos a los de mi madre, paró e hizo un gesto irreconocible con la mano, bueno, irreconocible para el resto, pero para mí significaba “ayuda”.

Me hicieron pasar a la sala del director, una oficina desagradable color mierda y con un olor a tabaco agobiante, apenas me senté no dudaron en hacerlo, empezaron a preguntar.

– ¿Qué quieres de nosotros? ¿Qué haces aquí? Acaso las historias que te contaron ¿no son suficientes? No te tenemos miedo, responde ¿Qué eres?

–No entiendo –respondí con cierto tartamudeo- déjenme en paz, yo no sé nada, yo sólo vine a estudiar –las lagrimas empezaban a salir.

–Sabemos quién eres maldito demonio, puedes engañar a los demás, pero nosotros no somos ellos, nosotros siempre te hemos conocido, te matamos mil y un veces, eres una simple mierda comparada con los otros de tu raza. ¡Habla! ¿Qué carajos quieres?

–Quizás sea muy joven –respondió la que era mi profesora- mira sus ojos, apenas son morados, aún no llegan a rojo, ni siquiera tocan el amarillo.

–Miles de nosotros hemos muerto por cosas como él, algunos han muerto por cosas aún más jóvenes –no entendía que querían decir por cosa-, necesitamos sacarle información o sabrán que capturamos a uno. Ésta es tu última oportunidad querido niño, tu profesora y yo queremos saber que haces aquí, si nos dices te dejaremos ir, te lo prometo.

–Yo vine a estudiar –quería llorar pero apenas sentí una lagrima caer sentí algo golpear mi rostro-, ¡SÓLO QUIERO ESTUDIAR! DÉJENME –otra cachetada más- NO SÉ QUE QUIEREN DE MÍ, ¡DEJENME!

–No quiere cooperar, pero no me importaría arrancarle el corazón poco a poco, agárrenlo de las muñecas y pónganlo encima de la mesa, cada uno tome una extremidad y si lo sueltan ustedes lo acompañaran a caminar el infierno…

Me agarraron, mis manos, mis piernas, me arrancaron la ropa, pusieron la mesa para el fondo del salón lo más lejano posible a la puerta, me arrancaron mi pulsera, la pulsera que mi padre me había dado esa mañana. Abrieron una de las gavetas de la mesa, el director agarró un cuchillo, pero no uno cualquiera, éste brillaba con un tono rojo y cada vez que se acercaba a mí se volvía más y más azul.

–Hu Sitie a pere hu Moi, u gro ce pore, milo desia –mi mente entendía la razón de esas palabras, pero no sabía cómo; significaban “Por Satán y por Dios, te condeno a morir, maldito Demonio”.

El cuchillo se acercó a mi pecho y poco a poco se clavaba en mi pecho, muy lentamente las gotas de sangre salían a través del corte, pero mi mente estaba hecha un manjar de emociones, pero el dolor era el predominante, maldito dolor. Gritaba y sufría, ellos esperaban impacientes a ver qué pasaría, esperaban un destello quizás, pero algo muy raro pasó, mi cuerpo estaba inmóvil pero mi cabeza aún se podía mover, sentí la necesidad de chocar mi cabeza con la mayor fuerza posible en contra de la mesa. La primera vez no pasó nada, la segunda tampoco, a la tercera vez el golpe abrió una herida donde la sangre se derramaba a montones, a la cuarta vez ya sentía parte de mi cráneo roto, pero la quinta vez no morí, no lo logro explicar, ese quinto golpe me hizo cerrar los ojos y al abrirlos me encontraba en otro lugar, mi mismo cuerpo, mis mismas heridas, pero ya secas, mi sangre aún rodando por mi cabeza, pero estaba sólo, nadie más estaba cerca, sentí que los dejé atrás, pero aún sentía una especie de conexión con lo que había quedado en esa mesa, estaba vivo eso era seguro, pero las heridas de aquel cuerpo las sentía en éste…

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